#Opinión II
Cuando la oposición renuncia a ser alternativa
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
En colaboraciones anteriores hemos abordado, desde distintos ángulos, el actuar de la oposición política en México frente a los desaciertos del gobierno actual. No ha sido un ejercicio de militancia ni de consigna, sino un análisis necesario sobre un fenómeno preocupante: la incapacidad sistemática de quienes se autodenominan oposición para capitalizar los errores más graves del poder. Los resultados están a la vista y no admiten maquillaje: derrotas electorales contundentes, pérdida de territorio y una desconexión cada vez más profunda con la ciudadanía.
Y no es que falten motivos. El país ha atravesado episodios que, en cualquier democracia funcional, habrían detonado una reacción firme, articulada y sostenida de las fuerzas opositoras. Basta detenerse en tres casos emblemáticos.
La tragedia con el descarrilamiento del Tren Interoceánico en el Istmo de Tehuantepec, que cobró la vida de 14 personas, no fue solo un accidente: fue la suma de omisiones, improvisación y una cadena de anomalías que merecían algo más que comunicados tibios y debates fugaces. El huachicol fiscal, que día con día revela una red de complicidades, evasión y corrupción a gran escala, ha sido tratado como una anécdota escandalosa más, sin una ofensiva política y jurídica proporcional al daño que causa al erario y a la legalidad. Y el desabasto de medicamentos, que sigue golpeando a hospitales y familias en todo el país, se ha normalizado hasta convertirse en una tragedia silenciosa.
Ante estos hechos, cabe la pregunta inevitable: ¿DÓNDE HA ESTADO LA OPOSICIÓN?
Porque, en los hechos, hoy la principal preocupación de la oposición no está en el país ni en las causas ciudadanas, sino en su propia supervivencia política y financiera. El debate que verdaderamente los activa no es el de la seguridad, la legalidad o la salud, sino el de una eventual reforma política-electoral que pudiera poner en riesgo las posiciones plurinominales y reducir las prerrogativas de ley de las que actualmente gozan. Es ahí donde aparecen la alarma, el discurso encendido y la defensa corporativa. No por convicción democrática, sino por la amenaza de perder los privilegios que han permitido a sus cúpulas servirse sin competir, legislar sin representar y aferrarse, con disciplina notable, a las bondades del erario público.
Porque para ser oposición no basta con las intervenciones bien estructuradas, cargadas de técnica jurídica, por parte de Ricardo Anaya desde la tribuna del Senado. Para ser oposición no bastan las participaciones de Damián Zepeda o de Rubén Moreira en mesas de análisis radiofónicas o televisivas. Para ser oposición no bastan los posicionamientos fríos de Luis Donaldo Colosio Riojas en comisiones legislativas. Para ser oposición no bastan las apariciones lamentables de Alejandro “Alito” Moreno en el desayunadero político de Carlos Alazraki, acompañado del patético protagonismo de Javier Lozano Alarcón. Para ser oposición no bastan los tuits incendiarios de Ricardo Salinas Pliego ni las convenciones con influencers, jingles y poses juveniles organizadas por Jorge Álvarez Máynez. Todo eso puede generar ruido, pero no construye contrapeso.
La oposición, una vez más, va tarde. No logra articular un liderazgo que sea escuchado y, más importante aún, que sea creíble. No existe hoy una voz que retumbe en las paredes de Palacio Nacional no por el volumen, sino por el respaldo social que la sostiene. Y siguen sin comprender una verdad elemental de la política: es en el territorio donde se construye legitimidad. Es en las plazas públicas donde se habla de frente. Es en las calles donde se acompañan las causas de ciudadanos inconformes, agraviados y, en muchos casos, abandonados por el Estado mexicano.
Mientras tanto, los partidos opositores parecen atrapados en una lógica cómoda y conocida: esperar a que se acerquen los tiempos electorales para ver quién levanta la mano como candidato. Candidatos sin territorio, sin diagnóstico real de las problemáticas locales y, en demasiados casos, sin la preparación ni la capacidad para proponer soluciones viables. Se confunde presencia mediática con trabajo político, y narrativa con realidad.
La oposición no está condenada a la irrelevancia; está condenándose sola por comodidad, por cálculo y por miedo. En política, el vacío no existe: cuando una oposición no ocupa el espacio, alguien más lo llena. Hoy ese espacio lo ocupa el silencio, la simulación y la espera pasiva de un calendario electoral que no sustituye al trabajo político real. No se construye alternativa desde el micrófono ni desde la tribuna aislada, sino desde la calle, desde el contacto directo con el agravio, desde la defensa cotidiana de las causas que duelen.
La oposición necesita volver a hacer política desde abajo. Reconstruir su viabilidad pasa, inevitablemente, por ganar posiciones en lo local: recuperar gobiernos estatales, reconquistar ciudades clave, volver a ser opción en los municipios donde hoy está ausente o diluida. Son esos triunfos territoriales los que generan inercia política, credibilidad social y musculatura organizativa. Sin anclaje en los estados y sin control de espacios reales de gobierno, cualquier proyecto nacional carece de sustento. La ruta hacia una alternativa comienza con la recuperación gradual del terreno perdido, paso a paso, elección a elección, hasta volver a articular una presencia nacional con peso propio.
Hecho lo anterior, necesita asumir desde ahora una definición elemental: cerrar filas en torno a la gobernadora o al gobernador emanado de sus propias filas y construir, a partir de ahí, una figura nacional con legitimidad, experiencia de gobierno y respaldo territorial. No se trata de adelantarse a los tiempos electorales, sino de entender que una candidatura presidencial no se improvisa ni se fabrica en campaña. El camino hacia el año 2030 exige coherencia, disciplina política y la capacidad de articular un proyecto que trascienda siglas y egos, si de verdad se aspira a competir frente a un régimen que sí entiende la lógica del poder a largo plazo.
México no necesita una oposición ingeniosa en redes ni brillante en el debate técnico; necesita una oposición valiente, presente, organizada y con vocación de poder. Una oposición que incomode, que cuestione, que proponga y que acompañe. Una oposición que entienda que el país no se transforma cada tres o seis años, sino todos los días. Si no son capaces de asumir esa responsabilidad ahora, no habrá discurso ni coyuntura que los rescate después. La historia, como siempre, no absuelve a quienes llegan tarde.
“Quien no lucha por el poder termina justificando a quien lo ejerce.”
– Raymond Aron –







































