“Antítesis”
Madurez política
Por Mario Flores Pedraza
La “madurez política”, nos han dicho, es esa habilidad casi alquímica de “conciliar”: sentarse con el rival, sonreír para la foto, y luego negociar intereses en lo oscurito para “sacar resultados”. Madurez sería ceder un poco aquí, cobrar un favor allá, repartir cuotas, blindar a los tuyos, y firmar acuerdos que nadie entiende pero todos aplauden porque “por fin se pusieron de acuerdo”. Madurez sería, en resumen, la destreza de lubricar el sistema con pragmatismo y silencio. Pero no: eso no es madurez política. Eso es corrupción madura.
La madurez política real es más sobria y, por lo mismo, menos celebrada: es buscar ser representante con la conciencia de que el poder no te pertenece, te atraviesa; es asumir el cargo como servicio y no como trofeo; es entender que gobernar es dejar un granito, instituciones más limpias, reglas más justas, decisiones explicables, y luego irte sin berrinche, sin chantaje, sin convertirte en dueño del timón. El maduro políticamente no se eterniza ni se endiosa: trabaja para que su presencia sea prescindible, porque el bien común exige continuidad, no culto.
Y, sin embargo, lo que vemos hoy es una política colonizada por intereses: decisiones públicas diseñadas como inversiones privadas; cargos entendidos como botín; agendas dictadas por cálculo electoral, por padrinazgos, por grupos de presión, por lealtades de facción. Se vota pensando en la próxima campaña, se legisla pensando en el siguiente acuerdo, se gobierna pensando en el próximo blindaje. La representación se vuelve una máscara: no “me debes resultados”, sino “me debes obediencia”. Y cuando el interés manda, el bien común queda reducido a eslogan: útil para el discurso, incómodo para la práctica.
Entonces vale la pena incomodar al lector con lo esencial: ¿a quién elegimos cuando elegimos? ¿A un servidor o a un administrador de favores? ¿Queremos representantes que entiendan el poder como préstamo o como herencia? ¿Estamos premiando la prudencia que construye o el cinismo que negocia? Y la pregunta más peligrosa, porque nos incluye: ¿cuánta “corrupción madura” estamos dispuestos a llamar “madurez política” con tal de sentir que, al menos, “algo se logró”?







































