#Opinión 📝II Ni venganza ni perdón: la lealtad, la capacidad y la tragedia recurrente del poder
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
Los libros que incomodan suelen ser los más necesarios. Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra, con la colaboración de Jorge Fernández Menéndez, no es una obra neutra. Tampoco pretende serlo. Es el testimonio de quien estuvo en el centro neurálgico del poder durante los primeros tres años del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, y que hoy ofrece su versión de esa experiencia.
Como ocurre siempre en la historia política, cada protagonista narra desde su propia trinchera. No es la primera vez que sucede, ni será la última. La política no es un ejercicio de unanimidad; es un campo de tensiones.
Pero más allá de nombres propios, lo verdaderamente trascendente del libro no está en los episodios personales, sino en la advertencia estructural que deja: cuando el poder se organiza con 90% lealtad y apenas 10% capacidad, el deterioro institucional es cuestión de tiempo.
Y esa no es una tesis nueva. Es una constante histórica. Vayamos a la etapa más radical de la Revolución Francesa, cuando el Comité de Salvación Pública encabezado por Maximilien Robespierre, privilegió la pureza ideológica por encima de la competencia administrativa. El resultado fue el Terror: cuando la lealtad revolucionaria sustituyó a la capacidad técnica, el Estado dejó de gobernar para comenzar a perseguir.
En el siglo XX, el fenómeno se repitió en distintos matices. En la Unión Soviética, bajo el mando de Iósif Stalin, la purga sistemática de cuadros técnicos en favor de leales incondicionales debilitó la estructura estatal y sembró el miedo como método de gobierno. La obediencia sustituyó al talento.
Incluso en América Latina, los gobiernos de corte personalista han reproducido ese patrón y la cercanía al líder se convierte en el principal requisito para ocupar posiciones estratégicas. El resultado suele ser el mismo: errores administrativos, improvisación y concentración excesiva de decisiones.
El libro de Scherer Ibarra no hace un tratado comparado, pero su testimonio inevitablemente nos remite a esa tradición histórica. El texto recorre episodios ya conocidos desde su historia personal con el ex presidente y su entorno familiar, el desafuero, las derrotas, el regreso, la victoria electoral, la integración del gabinete, las reformas, la crisis de la pandemia, la relación con la Suprema Corte de Justicia, la tensión con sectores empresariales, las pugnas internas, la centralidad comunicativa de la mañanera, así como evidencia documental y fotográfica.
Lo interesante es observar el cambio de escala. Un líder opositor puede sostenerse en la narrativa, en la mística y en la movilización social. En cambio, un jefe de Estado necesita estructura, técnica, planeación y cuadros especializados.
Nuestra historia reciente confirma que ningún proyecto de transformación se sostiene únicamente en el liderazgo carismático. Las reformas profundas solo prosperan cuando el impulso político va acompañado de equipos con preparación técnica, visión estratégica y capacidad de ejecución. Sin esa base, la voluntad se diluye y la transformación se vuelve retórica.
Uno de los mensajes más destacables del libro es la advertencia sobre la uniformidad interna. Cuando el entorno del poder se compone únicamente de voces que confirman, que asienten, que evitan el desacuerdo por temor a perder cercanía, el líder termina gobernando dentro de una burbuja.
El libro también confirma algo que la ciencia política mexicana ha advertido durante décadas: nuestro presidencialismo, aunque reformado, sigue teniendo una profunda raíz personal. La cercanía al titular del Ejecutivo no es solo un dato biográfico; es un factor estructural de poder. Cuando la toma de decisiones se concentra en la figura presidencial y el círculo inmediato se convierte en filtro único de información, el margen de deliberación institucional se reduce. No se trata de ideología, sino de diseño político. El presidencialismo mexicano, incluso en su versión contemporánea, conserva inercias históricas que privilegian la voluntad del líder sobre la arquitectura colegiada del Estado.
A ello se suma un elemento transversal que atraviesa toda la obra: la polarización como herramienta política. Dividir puede ser eficaz para movilizar, pero gobernar exige integrar. Cuando el discurso público se estructura permanentemente en términos de leales y adversarios, pueblo y enemigos, la cohesión institucional comienza a resentirse. La polarización puede consolidar liderazgos, pero también erosiona los puentes que permiten construir acuerdos duraderos. Y en una democracia constitucional, la gobernabilidad descansa en esos equilibrios.
En el derecho constitucional comparado, uno de los principios fundamentales del buen gobierno es el equilibrio interno: pesos, contrapesos y deliberación técnica. Cuando esos filtros se debilitan, las decisiones se personalizan.
En ese contexto, la relación con la Suprema Corte adquiere una dimensión crucial. En toda democracia constitucional, el Poder Judicial no es un adversario político ni un obstáculo administrativo: es el límite institucional del poder. Cuando el Ejecutivo percibe a la Corte como resistencia y no como contrapeso, se altera el equilibrio diseñado por la Constitución.
El libro nos expone también la tensión entre la lógica del movimiento y la lógica del Estado. Resistir es un acto político y gobernar es un acto administrativo. La resistencia apela a la emoción colectiva y la administración exige racionalidad técnica. Y cuando ambas dimensiones no se armonizan, el desgaste es inevitable.
La propia salida del autor del gobierno ilustra ese punto. Más allá de las versiones encontradas, lo que revela la ruptura es la dificultad de coexistir, dentro de un esquema presidencial altamente concentrado, con figuras que ejercen poder con margen propio. Las pugnas internas no son excepcionales en ningún gobierno; lo relevante es cómo se gestionan. Cuando el desacuerdo se procesa como deslealtad y no como deliberación legítima, el sistema se vuelve más cerrado y menos plural.
El episodio no es anecdótico y muestra una señal de cómo opera el poder cuando la cercanía al presidente se convierte en el principal eje de estabilidad política.
Otro eje particularmente delicado del libro es la referencia a presuntos casos de corrupción, conflictos de interés y señalamientos sobre actores políticos con vínculos profundamente cuestionables. Aquí conviene ser prudentes, pero claros: no corresponde a un articulista sustituir a la autoridad investigadora ni dictar sentencias. Sin embargo, sí corresponde advertir que cuando estas acusaciones emergen desde el interior del propio gobierno, la gravedad trasciende lo mediático y se instala en el terreno estructural. Porque cuando las sospechas no provienen de la oposición, sino de quienes formaron parte del círculo del poder, el problema deja de ser una disputa narrativa y se convierte en una fractura del Estado mismo.
En mi opinión, Ni venganza ni perdón no debe leerse como una pieza de revancha, sino como un recordatorio. La historia demuestra que los gobiernos fracasan no siempre por mala intención, sino por mala integración de equipos. Está muy claro saber distinguir que las revoluciones se sostienen con fervor, pero los Estados se sostienen con competencia. Y cuando el equilibrio se rompe, el costo no lo paga el círculo del poder: lo asume la nación.
En contraste con las inercias descritas, resulta pertinente reconocer que los desafíos de seguridad pública han comenzado a abordarse desde una lógica distinta en la actual administración federal. La determinación de fortalecer la coordinación con agencias de inteligencia y de seguridad norteamericanas, así como rediseñar la estrategia nacional privilegiando la articulación entre la Secretaría de la Defensa Nacional, la Armada de México, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional con todas las autoridades locales, refleja un giro hacia esquemas de mayor cooperación operativa y técnica. Admitir que ciertas estrategias anteriores no produjeron los resultados esperados no es signo de debilidad política, sino de madurez institucional.
En ese contexto, el reciente golpe estructural contra organizaciones criminales de alto impacto con el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias «El Mencho», evidencian que cuando la decisión política se acompaña de inteligencia, coordinación interinstitucional y conducción profesional, los resultados pueden ser significativos. Aquí lo más relevante es el mensaje institucional, ya que la seguridad nacional no se construye desde la retórica, sino desde la estrategia. Si algo confirma este episodio es la tesis central de esta reflexión: la voluntad política necesita capacidad técnica para traducirse en eficacia del Estado.
“Los príncipes deben huir de los aduladores como de la peste; para defenderse de ellos elijan hombres sabios: no deberán más que concederles libre albedrío y decirles la verdad.”
– Nicolás Maquiavelo –







































