El terremoto del 19 de septiembre de 1985 transformó la construcción en Ciudad de México y propició el desarrollo de normas específicas para su subsuelo. A pesar de estos avances, 41 años después persiste el desafío de evaluar los edificios que se levantaron antes de esas reformas.
Comportamiento del subsuelo
La capital mexicana se asienta sobre terrenos con características diversas ante un sismo: desde zonas firmes hasta suelos blandos del antiguo lago, que pueden amplificar las ondas sísmicas y aumentar su impacto en ciertas construcciones.
En una entrevista con EFE, Carlos Valdés González, investigador del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explicó que esta composición del suelo genera un fenómeno de amplificación conocido como el «efecto gelatina».
«En el terreno central o blando el movimiento va a ser amplificado por estas arcillas suaves que se comportan como una gelatina; mientras que en el terreno duro un sismo se siente literalmente como un solo golpe seco de muy corta duración», detalló.
La ciudad se divide para efectos de su comportamiento sísmico en tres grandes zonas:
- terreno firme,
- transición,
- suelo lacustre blando.
Este último está formado por depósitos de arcilla que afectan cómo las ondas sísmicas impactan las edificaciones.
Según Valdés, las características del subsuelo han llevado a desarrollar, a lo largo de las décadas, un conocimiento especializado y a incluir mayores exigencias de seguridad estructural.
El impacto del terremoto de 1985
El sismo de magnitud 8.1 en 1985 provocó la caída de cientos de edificios y dejó miles de muertos, marcando un punto de inflexión en las normas de construcción de la entonces capital mexicana.
Después de la catástrofe, se emitieron normas de emergencia y, en 1987, se implementó un nuevo Reglamento de Construcciones que incorporó lecciones de los daños causados por los terremotos de septiembre de 1985.
Estas modificaciones reforzaron los criterios de diseño sísmico y profundizaron la consideración de las características del subsuelo en el cálculo de las estructuras.
A pesar de estos avances, Valdés señala que uno de los principales retos hoy en día son las construcciones levantadas antes de esos cambios normativos y la necesidad de revisar su estado.
«La regulación actual no es retroactiva, por lo que es responsabilidad directa de la ciudadanía verificar el estado de salud de sus viviendas», enfatizó el investigador, quien recomendó dar seguimiento a fisuras y grietas y consultar a especialistas cuando sea necesario.
Preparación ante sismos
Valdés también subrayó que reducir el riesgo sísmico no depende únicamente de la ingeniería, sino de la preparación de la población y su capacidad para responder cuando un terremoto interrumpe servicios básicos.
«Si bien hemos avanzado en la realización de simulacros organizados, todavía queda mucho por hacer en el plano personal para reaccionar ante fallas masivas en las comunicaciones o en la red eléctrica», advirtió.
Cada 19 de septiembre, México lleva a cabo un simulacro nacional, recordando una fecha marcada por los terremotos de 1985 y 2017, ocurridos el mismo día con 32 años de diferencia.
Para Valdés, las lecciones aprendidas han permitido avanzar en el conocimiento del subsuelo, en las normas de construcción y en la prevención, aunque la seguridad sísmica requiere una revisión constante de las edificaciones y una mayor preparación ciudadana.
Fuente: Plano Informativo







































