#LaOpinión 🖋️ II TRUMP ANTE LAS URNAS Y EL PRECIO DEL PODER
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
El poder puede llenar estadios, dominar titulares y encontrar culpables al otro lado de la frontera. Lo que difícilmente consigue es convencer a una familia de que vive mejor cuando llenar el tanque y llevar comida a casa le cuesta más. En ese terreno, donde la propaganda se encuentra con el bolsillo, Donald Trump enfrenta una prueba que puede cambiar el rumbo de su segunda presidencia.
Dentro de una semana, el próximo martes 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará sus elecciones intermedias. Trump no aparecerá como candidato, pero su manera de gobernar estará sometida al juicio ciudadano. Los republicanos llegan con mayoría en ambas cámaras y con la responsabilidad de responder por los resultados de su administración. Tener el poder también significa dejar de buscar pretextos para explicar lo que no funciona.
Estarán en disputa los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 del Senado. De estos últimos, 33 corresponden a la renovación ordinaria y dos a elecciones especiales en Florida y Ohio. Los senadores tienen mandatos de seis años, escalonados para renovar parcialmente la cámara cada dos. Actualmente hay 53 republicanos, 45 demócratas y dos independientes que se agrupan con estos últimos. La oposición necesita una ganancia neta de cuatro escaños para alcanzar 51 y tomar el control.
El principal adversario electoral del presidente podría estar en las estaciones de gasolina. La Administración de Información Energética estadounidense registró un precio promedio nacional de 4.284 dólares por galón de gasolina regular el 19 de octubre, 1.265 dólares más que un año antes. Aunque bajó respecto de la semana anterior, permanecía aproximadamente 42% por encima de su nivel interanual. Una reducción reciente no borra meses de presión sobre el gasto familiar.
El conflicto con Irán ha contribuido al encarecimiento de los combustibles y al malestar económico. Para quien conduce diariamente al trabajo, una explicación geopolítica no sustituye el dinero que falta al terminar la quincena. El combustible también mueve mercancías, cosechas y servicios. Cuando se encarece, la distancia entre una decisión militar y la mesa de una familia se acorta.
Ese desgaste aparece en las encuestas. Reuters/Ipsos reportó el 19 de octubre una aprobación de Trump de 31% entre adultos estadounidenses. En la pregunta sobre preferencia partidista para el Congreso, aplicada a electores registrados, los demócratas obtuvieron 47% y los republicanos 35%. La medición reunió a 1,679 adultos, incluidos 1,279 electores registrados. Es una señal nacional de descontento, no una distribución anticipada de escaños.
Tampoco conviene confundir desgaste con desaparición del respaldo republicano. Ipsos documentó que la aprobación presidencial dentro de ese partido pasó de 86% en enero a 73% en su encuesta del 17 al 20 de septiembre. Trump conserva una base considerable, pero esa medición revela que la inconformidad también alcanza a los suyos. Un simpatizante decepcionado puede votar por la oposición o quedarse en casa. En una elección cerrada, la desmovilización puede resultar tan costosa como el cambio de preferencia.
La advertencia también alcanza a los demócratas. En la encuesta AP-NORC realizada del 8 al 12 de octubre, 80% de los adultos consultados colocó reducir el costo de vida entre las mayores prioridades del próximo Congreso; 68%, terminar la guerra con Irán; y 36%, investigar a la administración Trump. El ciudadano exige soluciones que mejoren su vida. El enfrentamiento con el presidente, por sí solo, no satisface esa demanda.
Con ese panorama, estamos en condiciones de exponer tres escenarios que merecen especial atención.
En un primer escenario, si los republicanos conservan ambas cámaras, Trump obtendría un respaldo político para impulsar su agenda durante la segunda mitad del mandato. Presentaría el resultado como una ratificación de su conducción y aumentaría la presión sobre los legisladores de su partido que han marcado distancia.
Pero mayoría no significa obediencia ilimitada. En el Senado, numerosas iniciativas deben superar una obstrucción legislativa mediante 60 votos, aunque existen excepciones y procedimientos distintos para los nombramientos. Controlar la cámara facilita gobernar; no convierte toda voluntad presidencial en ley.
Las diferencias republicanas tampoco son imaginarias. En septiembre, los representantes de Iowa Mariannette Miller-Meeks y Zach Nunn apoyaron una resolución para limitar la actuación militar de Trump en Irán. El costo de la guerra ya provoca resistencias entre quienes deben responder ante sus propios electores. La disciplina partidista encuentra límites cuando amenaza la supervivencia política.
El segundo escenario sería una Cámara de Representantes demócrata y un Senado republicano. Para la Casa Blanca significaría perder una parte sustancial de su libertad de maniobra.
La oposición podría intensificar investigaciones y disputar las prioridades del gasto. Aprobar las leyes que financian al gobierno exigiría acuerdos entre ambas cámaras y el presidente. Si esos acuerdos no llegan a tiempo, pueden producirse cierres parciales de las dependencias afectadas. No serían una consecuencia automática del resultado electoral, sino del fracaso de la negociación.
Trump conoce ese terreno. La disputa por el financiamiento del muro fronterizo desembocó en un cierre parcial de 35 días, del 22 de diciembre de 2018 al 25 de enero de 2019. Detrás de esos enfrentamientos hay trabajadores, servicios y actividades económicas que pagan las consecuencias de la confrontación política.
Una Cámara demócrata también podría aprobar una acusación constitucional contra el presidente. Y justo aquí, es indispensable explicar correctamente el impeachment.
La Cámara de Representantes aprueba los cargos por mayoría simple. El Senado realiza el juicio y, cuando el acusado es el presidente en funciones, lo preside el presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Para condenarlo se necesitan dos terceras partes de los senadores presentes. Si participan los cien, hacen falta 67 votos. La acusación, por sí misma, no lo destituye.
Un Senado republicano cohesionado constituiría una defensa política muy importante. Su eficacia dependería de la posición de sus integrantes y de la gravedad de los hechos sometidos a juicio.
El tercer escenario, perder ambas cámaras, lo que encendería las mayores alarmas en la Casa Blanca. Trump enfrentaría una oposición capaz de controlar las agendas legislativas, ampliar la fiscalización y obstaculizar nombramientos sujetos a confirmación senatorial.
Sin embargo, sería incorrecto concluir que ese resultado permitiría a los demócratas destituirlo por sí solos. Una mayoría de 51 o 52 senadores seguiría lejos de los 67 votos necesarios con asistencia completa. Además, el procedimiento exige una acusación constitucional sustentada. Perder popularidad o unas elecciones no constituye, por sí mismo, una causa de destitución.
La historia reciente lo demuestra. El 13 de febrero de 2021, durante su segundo juicio político, 57 senadores votaron por condenar a Trump y 43 por absolverlo. La mayoría favorable a la condena no alcanzó el umbral constitucional.
Incluso ante un Congreso opositor, Trump conservaría el veto legislativo, que requiere dos tercios de los votos en cada cámara para ser superado. Habría una presidencia más limitada y obligada a negociar, pero todavía con instrumentos relevantes de poder.
Las proyecciones ayudan a dimensionar el riesgo republicano. Una revisión publicada por Intelligencer el 19 de octubre recogió tres estimaciones de probabilidad de control demócrata de la Cámara baja. Decision Desk HQ le asignaba 77%; Race to the WH, 88.5%; y Silver Bulletin, 93.6%. Son cálculos de modelos distintos, correspondientes a ese corte. También mostraban posibilidades importantes de un cambio en el Senado, aunque con mayor incertidumbre. Ninguno sustituye el voto ni elimina el riesgo de error.
Por eso resulta insuficiente hablar de una tendencia nacional sin mirar los estados. Maine, Carolina del Norte, Michigan, Ohio, Texas, Kansas e Iowa figuran entre las contiendas relevantes para el control senatorial. No tienen idénticas condiciones ni agotan el mapa competitivo.
En Carolina del Norte, el demócrata Roy Cooper mantiene ventaja sobre el republicano Michael Whatley, mientras grupos republicanos han reducido su respaldo financiero. En Kansas, la competencia entre el senador Roger Marshall y el demócrata Adam Hamilton ha obligado a redirigir recursos hacia una defensa que antes parecía menos comprometida.
La disputa por el Congreso cobró mayor intensidad el pasado 24 de octubre, cuando Barack Obama participó en actos de apoyo a candidatos demócratas en Cleveland y Detroit. En Michigan respaldó al aspirante al Senado Abdul El-Sayed y llamó a utilizar el voto para exigir cuentas y poner límites a la administración Trump.
También cuestionó la estrategia frente a Irán y sus consecuencias sobre el tránsito petrolero. La lectura política es clara. Los demócratas buscan convertir el desgaste presidencial en participación electoral, conscientes de que el descontento, por sí solo, no gana elecciones.
Al día siguiente, Trump acudió a Port Huron, Michigan, para apoyar al republicano Mike Rogers, adversario de El-Sayed. Allí endureció sus ataques contra el candidato demócrata, vinculándolo con el extremismo islamista, acusaciones que este ha rechazado. La presencia de ambos presidentes en el mismo estado, en días consecutivos, ilustra la importancia de esa contienda para el control del Senado.
Fuera de Estados Unidos, el resultado también tendrá consecuencias. Un Congreso más exigente podría elevar el costo político de financiar operaciones militares y reclamar mayor rendición de cuentas. Aliados, adversarios y socios comerciales observarán cuánto respaldo conserva Trump para sostener compromisos y amenazas.
Para México, la pregunta es especialmente cercana. Un presidente presionado electoralmente puede buscar resultados visibles en seguridad, migración y combate al narcotráfico. No sería extraño que intentara capitalizar medidas contra redes criminales o contra funcionarios mexicanos vinculados con ellas.
Tampoco puede suponerse que cualquier anuncio produciría automáticamente beneficios electorales. Su impacto dependería de las pruebas, de su credibilidad y de las preocupaciones de quienes todavía no definen su voto.
El próximo 3 de noviembre estará en juego cuánto poder desean conservarle los estadounidenses a su presidente y qué contrapesos están dispuestos a imponerle. Trump puede convocar multitudes y endurecer sus discursos. Los demócratas pueden convertir el descontento en votos. Ambos tendrán que entender que el ciudadano no está obligado a agradecer promesas mientras paga sus consecuencias.
Estamos a escasos días de este desenlace electoral. Hagan sus proyecciones. Siempre tengamos presente que al poder se le puede conceder otra oportunidad; al bolsillo, difícilmente se le puede ordenar paciencia.
“La democracia no puede triunfar a menos que quienes expresan su elección estén preparados para elegir sabiamente.”
– Franklin D. Roosevelt –







































