“Antítesis”.
¿Libre comercio entre iguales?
Por Mario Flores Pedraza
Mientras México y Estados Unidos se sientan otra vez a renegociar el T-MEC: ¿alguna vez fue libre el libre comercio?
La semana pasada terminó en Washington la segunda ronda de negociaciones. El 1 de julio arranca la revisión formal. Y basta mirar lo que cada quien llevó a la mesa para entender de qué va el asunto. Estados Unidos puso cincuenta y dos exigencias. México llevó doce propuestas y un pedido: que por favor quiten los aranceles. No es un detalle menor. Es el retrato exacto de la relación.
Mientras tanto, Washington sostiene un arancel del 50% al acero y al aluminio mexicanos. Las exportaciones de acero a ese país ya cayeron 36.6%. Hay hasta 350 mil empleos de la industria automotriz colgando de un hilo. Y en los últimos doce meses México pagó casi 23 mil millones de dólares en aduanas estadounidenses. Esa es la factura. Por si quedaba duda de quién pone el precio. Trump desde Francia dijo quepreferiría no tener el acuerdo, porque a su país le va mejor solo; ellos, dijo, “necesitan todo lo que tenemos nosotros.”
Lo grave no es que lo diga. Es que, sobre la dependencia, no se equivoca. Casi un tercio de la economía mexicana vive del comercio con Estados Unidos. Por eso Ebrard negocia con “cabeza fría”: no es una estrategia fina, es la única postura posible cuando dependes del otro para comer. A eso le llamamos, durante treinta años, libre comercio entre socios.
En mi libro escribí algo que esta renegociación está confirmando en vivo: que tratados como el T-MEC no se firmaron para proteger trabajadores ni equilibrios, sino para blindar intereses frente a cualquier intento de regulación. No lo escribí como profecía. Lo escribí porque la teoría ya lo decía. Karl Polanyi lo explicó hace ochenta años: el mercado nunca fue un orden natural que brota solo. Fue siempre una construcción política, impuesta y sostenida por quien tiene la fuerza para imponerla. El “mercado libre” no existe. Existe un mercado, y existe quien manda en él.
Por eso me cuesta tragarme el discurso que durante décadas vendió al mercado como un árbitro neutral, una cancha pareja donde gana el mejor. La cancha nunca estuvo nivelada. Cuando al fuerte le conviene abrir la frontera, lo llama libertad. Cuando le conviene cerrarla, lo llama seguridad nacional. La palabra cambia; el que decide, no.
Aquí no vengo a defender a un gobierno ni a aplaudir a otro. Vengo a mirar la estructura sin el maquillaje. La renegociación no rompió las reglas del libre comercio: las mostró. Nos enseñó, en directo, que el mercado se volvió soberano y la democracia, rehén; que un país puede consultar a treinta sectores, juntar argumentos impecables y aun así llegar a la mesa con una sola carta de verdad fuerte: la geografía.
Tal vez de aquí salga un buen acuerdo. Ojalá. Pero salga lo que salga, ya quedó a la vista lo de fondo. Y lo de fondo es esto:
El libre comercio nunca fue un encuentro entre iguales. Fue siempre el nombre amable que le pusimos a la voluntad del más fuerte.







































