#Opinión II México 86: el mundial que levantó el alma de un país
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
México 86 no fue solamente una copa del mundo. Fue una declaración de vida. Una demostración de que este país, aún golpeado, herido y en crisis, jamás se rinde.
En mi anterior colaboración prometí escribir sobre aquel verano inolvidable. Sobre ese junio de 1986 que todavía permanece intacto en la memoria colectiva de millones de mexicanos. Y quizás hoy, cuando el futbol vuelve a colocarse en el centro de las conversaciones, sea el momento ideal para volver la mirada hacia el mundial que transformó para siempre nuestra manera de sentir el deporte, la patria y la esperanza.
Es muy importante recordar que la Copa del Mundo de 1986 estaba destinada a celebrarse en Colombia. Sin embargo, para 1983 el gobierno colombiano terminó por declinar la organización ante una realidad imposible de ocultar. La severa crisis económica, la incapacidad de garantizar las obras de infraestructura exigidas por la FIFA, la creciente inseguridad provocada por las guerrillas y un entorno político complejo, terminaron por sepultar aquel proyecto mundialista.
Fue entonces cuando apareció la visión y habilidad de dos hombres fundamentales para entender aquella historia. Don Guillermo Cañedo de la Bárcena, vicepresidente de la FIFA, junto a Emilio Azcárraga Milmo, concibieron que México no podía dejar escapar semejante oportunidad. Convencieron al gobierno mexicano de levantar la mano, aun cuando el país atravesaba una de sus etapas económicas más delicadas.
No era un salto al vacío. México tenía una ventaja invaluable. La infraestructura heredada del mundial de 1970 seguía viva. La mayoría de los estadios estaban ahí. La experiencia organizativa también. Pero aun así no fue sencillo. Estados Unidos mostró un fuerte interés por quedarse con la sede, pese a que en aquellos años el futbol todavía estaba lejos de convertirse en el fenómeno comercial que hoy representa para los norteamericanos.
Finalmente, México ganó. Y con ello comenzó nuevamente la fiebre mundialista.
El recuerdo de México 70 seguía fresco. La imagen de Pelé levantando la copa Jules Rimet aún vivía en las conversaciones familiares, en las fotografías amarillentas y en la memoria sentimental del país. El futbol regresaba a casa y con él aparecía nuevamente esa extraña capacidad que tiene el balón para unir emociones, borrar diferencias y regalar esperanza.
La televisión desempeñó un papel determinante. Campañas memorables cargadas de orgullo nacional, símbolos patrióticos y mensajes emotivos inundaban cada rincón del país. Para muchos mexicanos, el mundial se convirtió también en un respiro emocional frente a la durísima adversidad económica que enfrentaba el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado.
Pero el destino todavía tenía preparada una prueba mucho más dolorosa. El 19 de septiembre de 1985, apenas ocho meses antes de la inauguración del mundial, la Ciudad de México fue estremecida por uno de los terremotos más devastadores de nuestra historia contemporánea. Aquel jueves quedó marcado para siempre en la memoria nacional.
Edificios colapsados. Hospitales destruidos. Familias enteras desaparecidas entre los escombros. Miles de personas perdieron la vida. La cifra oficial superaba los diez mil fallecidos, aunque muchos siempre sostuvieron que la tragedia fue todavía mayor. Una ciudad incomunicada. Un gobierno rebasado en los primeros momentos de la emergencia. Un país entero paralizado ante la incertidumbre.
Sin embargo, en medio de aquella devastación apareció lo mejor de México: la solidaridad de su pueblo.
Ciudadanos convertidos en rescatistas improvisados. Jóvenes removiendo piedras con las manos sin ninguna ayuda. Personas arriesgando la vida para rescatar recién nacidos, adultos mayores y sobrevivientes atrapados entre concreto y acero. Vecinos organizando brigadas. Madres preparando alimentos para desconocidos.
Filas interminables en los centros de acopio. Quienes vivíamos aquellos días en la capital jamás podremos olvidarlo.
Caminar por las calles y observar edificios abiertos como heridas, amenazando con desplomarse en cualquier momento. Con el paso de los días, enterarte de que compañeros de escuela habían perdido a sus padres. Otros que simplemente nunca regresaron a sus salones de clase. Las colectas organizadas entre familias. Esa sensación permanente de tristeza mezclada con un extraño orgullo colectivo.
México estaba herido, pero no derrotado. Y el país tenía un compromiso con el mundo. Había que levantarse. Veinticuatro selecciones arribarían a territorio mexicano. Además del entonces Distrito Federal, ciudades como Nezahualcóyotl, Toluca, Puebla, Querétaro, León, Irapuato, Guadalajara y Monterrey debían de declararse listas para albergar la gran fiesta del futbol.
Cincuenta y dos partidos conformarían aquella extraordinaria aventura deportiva. Llegaron entonces las grandes potencias futbolísticas.
La Argentina de Maradona, Valdano, Burruchaga, Ruggeri y Pumpido. La poderosa Alemania de Littbarski, Völler, Matthäus, Schumacher y Rummenigge. La campeona defensora Italia de Rossi, Conti, Serena, Bergomi y Di Gennaro. La inolvidable España de Butragueño, Zubizarreta, Santillana, Gordillo y Camacho. Brasil con Zico, Sócrates, Éder, Branco y Careca.
La Inglaterra de Lineker, Shilton, Barnes y Fenwick bajo la dirección de Bobby Robson. La desaparecida Unión Soviética de Dasáyev, Blokhin y Demianenko. La elegante Francia de Platini, Bats y Jean-Pierre Papin. Y aquella sorprendente Bélgica de Jean-Marie Pfaff y Van Der Elst que terminaría convirtiéndose en el caballo negro del torneo.
Por supuesto, también estaba México. La selección nacional dirigida por Bora Milutinović llegaba con una generación llena de carácter y talento. Hugo Sánchez, Tomás Boy, Manuel Negrete, Javier Aguirre, Fernando Quirarte, Miguel España, Luis Flores, Francisco “El Abuelo Cruz”, Cristóbal Ortega, Carlos de los Cobos, Raúl Servín, Carlos Muñoz, Félix Cruz, Carlos Hermosillo, Pablo Larios, Olaf Heredia y otros futbolistas que cargaban sobre sus hombros la ilusión de todo un país.
Era un equipo trabajado hasta el agotamiento. Concentraciones eternas. Giras internacionales extenuantes. Una selección construida para competir con dignidad y dejar el alma en casa.
Conforme se acercaba la inauguración, la fiebre mundialista se apoderó absolutamente de México. Los niños llenábamos el álbum Panini intercambiando estampas en el recreo y afuera de la escuela. Conseguir las difíciles era una auténtica misión de vida.
Coleccionábamos las monedas conmemorativas de aquellos doscientos pesos que hoy son recuerdos entrañables de otro México. Nuestros abuelos nos regalaban cachitos de lotería nacional alusivos a las selecciones participantes. Y muchos recibimos como uno de los mejores obsequios de infancia aquel inolvidable balón Adidas Azteca, probablemente el diseño más hermoso que ha tenido una copa del mundo.
Aquel mundial también tenía rostro, música y hasta sabor propio. Ahí estaba Pique, la inolvidable mascota oficial del torneo, aquel chile jalapeño con sombrero de charro y bigote mexicano que apareció en millones de anuncios y productos conmemorativos. El entrañable Cantinflas animado que acompañaba promociones y cápsulas mundialistas, llevando el humor y la picardía mexicana a cada transmisión. Era imposible no encontrarlos en playeras, vasos, banderines o comerciales de televisión.
La publicidad encontró en México 86 una mina de oro emocional. Los memorables anuncios Coca Cola, de la Carta Blanca con aquella legendaria “Chiquitibum” terminaron por convertirse en parte inseparable del ambiente mundialista. Bastaba escuchar aquella tonada para sentir que el país entero estaba de fiesta.
Por supuesto, también estaban las canciones oficiales. Sonaban en la radio, en las tiendas, en los automóviles y en las reuniones familiares, convirtiéndose en la banda sonora de una época que México jamás olvidaría. Particularmente aquella que decía: “México 86… el mundo unido por un balón…”, y que repetíamos casi de memoria, con un entusiasmo genuino e inocente.
En esos días, cualquier niño mexicano soñaba con vestir la camiseta verde, salir a la cancha y defender el orgullo de su país. El futbol no era solamente un deporte: era una ilusión colectiva que lograba despertar esperanzas y hacer sentir a México en el centro del planeta.
Las escuelas se transformaban durante los juegos del mundial. Recuerdo el auditorio, los salones de clases con televisores y su antena, todos vestidos de verde, blanco y rojo observando el duelo frente a Paraguay en plena jornada escolar. Porque entonces no existían suspensiones de clases por el mundial. El país simplemente seguía funcionando mientras el futbol corría por las venas de todos.
Y luego estaba el Estadio Azteca. El Coloso de Santa Úrsula, que parecía tener vida propia. Ingresar por sus túneles, conectar con ese ambiente y escuchar el himno nacional retumbando en sus tribunas continúa siendo una de las experiencias más intensas que un mexicano puede vivir. Ahí nació también “la Ola Mexicana”, ese fenómeno espontáneo impulsado por la afición mexicana que terminó recorriendo estadios en todo el planeta.
México 86 terminó convirtiéndose en algo todavía más grande que un torneo. Fue el mundial que reinventó el futbol. El escenario donde Diego Armando Maradona alcanzó la eternidad con el Gol del Siglo y la polémica Mano de Dios frente a Inglaterra, apenas cuatro años después de la Guerra de las Malvinas. Fue la consagración definitiva del genio argentino levantando la copa frente a la aguerrida escuadra alemana de Franz Beckenbauer.
Alrededor de aquella leyenda sobreviven historias que parecen imposibles, como aquella versión que asegura que las playeras argentinas utilizadas ante Inglaterra fueron adquiridas de última hora en el barrio de Tepito.
México también tuvo su propia postal inmortal. La extraordinaria tijera de Manuel Negrete frente a Bulgaria sigue siendo, para muchos, el gol más hermoso en la historia de los mundiales.
Pero no todo fue gloria. También vivimos el dolor. La cruel eliminación de nuestra selección en penales frente a los germanos en Monterrey. Los disparos fallados de Brasil ante Francia. El llanto contenido y las miradas perdidas. El silencio de miles de personas abandonando un estadio con el corazón roto. Pocas cosas duelen tanto como el futbol cuando nos arrebata un sueño.
Con el paso del tiempo uno entiende algo: México 86 nunca perteneció solamente al balompié. Le perteneció a una generación completa. A los niños que crecimos soñando frente al televisor. A las familias que intentaban reconstruirse después del terremoto. A los mexicanos que encontraron en aquella copa un motivo para volver a sonreír. A un país que decidió levantarse cuando parecía imposible hacerlo.
Por eso, cuarenta años después, México 86 sigue vivo. Vive en la memoria de quienes intercambiábamos estampas Panini bajo el sol. Vive en las voces de quienes cantamos el himno en el Azteca. Vive en las fotografías guardadas en cajones familiares. Vive en los relatos de nuestros padres que todavía hablan de Maradona, de Negrete, de Bora y de Hugo Sánchez como si el tiempo no hubiera pasado.
Algunos mundiales terminan cuando se juega la final. México 86 no. México 86 se quedó para siempre en el corazón de un país entero.
“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos.”
– Gabriel García Márquez –






































