#Opinión 🖋️ II La Oposición no ganará unida, sino organizada
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
Después de un breve receso mundialista y de atender otras responsabilidades, regreso a este espacio editorial con una inquietud que se mantuvo presente en las conversaciones y espacios de análisis político: ¿qué escenarios se visualizan para la oposición rumbo a 2027? La pregunta no es menor.
El calendario avanza con mayor rapidez de la que muchos dirigentes parecen advertir, mientras algunos partidos continúan discutiendo si deben competir solos, acompañados o apenas tomados de la mano para la fotografía. Mientras tanto, el próximo proceso electoral comienza a dibujarse sobre el territorio nacional.
El 6 de junio de 2027 se renovarán las 500 diputaciones federales y habrá elecciones locales en las 32 entidades del país. Estarán en disputa 17 gubernaturas y más de 19 mil cargos de elección popular. La dimensión de esta jornada obligará a los partidos a movilizar estructuras, acreditar representantes, vigilar casillas, capacitar abogados, construir candidaturas y enfrentar decenas de realidades políticas diferentes.
El problema es que una parte de la oposición todavía parece creer que su principal desafío consiste en decidir qué logotipos colocará sobre una boleta.
En los últimos meses ha vuelto a plantearse la posibilidad de construir una gran alianza opositora en la que converjan el PAN, el PRI, Movimiento Ciudadano, fuerzas políticas estatales, organizaciones ciudadanas e incluso expresiones provenientes del oficialismo que pudieran fracturarse ante la falta de espacios o el incumplimiento de acuerdos.
La propuesta, vista desde lejos, parece lógica. Morena enfrenta el desgaste natural en el ejercicio del poder, los escándalos protagonizados por algunos de sus cuadros, la exposición pública de conflictos internos y los cuestionamientos que han surgido desde Estados Unidos sobre determinadas figuras políticas mexicanas. A ello se suman problemas persistentes en seguridad, salud, crecimiento económico y funcionamiento institucional.
Sin embargo, el desgaste del gobierno no significa automáticamente el crecimiento de la oposición. Ese es el primer error que debe evitarse. En política, el vacío no siempre lo ocupa quien espera pacientemente su turno. Lo ocupa quien trabaja, organiza, comunica y logra convertirse en una alternativa creíble. Un gobierno puede perder respaldo sin que ese desencanto se traduzca necesariamente en votos para sus adversarios. También puede convertirse en abstención, desconfianza generalizada o respaldo a expresiones locales ajenas a los partidos tradicionales.
La elección presidencial de 2024 dejó una lección imposible de ignorar. La coalición integrada por PAN, PRI y PRD obtuvo 27.45 por ciento de los votos, mientras que Claudia Sheinbaum alcanzó 59.75 por ciento. No fue solamente una derrota electoral. Fue la demostración de que sumar estructuras partidistas debilitadas no produce, por sí mismo, una mayoría social.
Aquella alianza nació desde las dirigencias y nunca terminó de convertirse en una causa compartida por la ciudadanía. En muchos lugares no hubo un diagnóstico serio de las condiciones locales, tampoco una operación conjunta ni una distribución inteligente de responsabilidades. Los partidos aparecieron unidos en la propaganda, pero siguieron actuando separados en el territorio.
Hemos insistido en que las elecciones no se ganan en los escritorios nacionales. Se ganan en los municipios, en las colonias, en los ejidos, en las comunidades rurales, en las secciones electorales y, finalmente, en cada una de las casillas. Se ganan con candidaturas reconocidas por la población, estructuras capaces de movilizar simpatizantes y representantes preparados para defender jurídicamente el resultado.
La oposición debería haber comenzado desde el primer día de la actual administración federal un trabajo de diagnóstico territorial. Tendría que saber, a estas alturas, en qué municipios conserva estructura, dónde carece de representantes, cuáles liderazgos tienen reconocimiento social, qué organizaciones pueden sumarse y en qué regiones el rechazo al oficialismo está acompañado por una alternativa competitiva.
También debería conocer sus debilidades. No solamente las de Morena.
¿Cuenta con abogados electorales suficientes? ¿Tiene representantes para cubrir las casillas? ¿Existen operadores responsables en cada distrito? ¿Dispone de recursos lícitos y transparentes para sostener campañas competitivas? ¿Sus posibles candidatos poseen reputación, experiencia, arraigo y capacidad para construir acuerdos?
Si todavía no puede responder esas preguntas, la oposición no necesita comenzar por una alianza. Necesita comenzar por una radiografía.
El caso de Zacatecas resulta especialmente interesante. Durante las últimas décadas, la familia Monreal ha ocupado una posición central en la vida pública de esa entidad. Más allá de simpatías o animadversiones personales, es evidente que estamos frente a una familia que ha construido una influencia política prolongada, territorialmente organizada y capaz de transitar entre partidos sin perder presencia.
Sin embargo, el estado de Zacatecas carga heridas profundas provocadas por años de violencia, desplazamiento, miedo y debilitamiento económico. Es evidente que todos sus indicadores continúan deteriorándose y la deuda pública de largo plazo sigue representando una carga relevante.
Dentro de ese escenario aparece Miguel Ángel Varela Pinedo. El actual presidente municipal de Zacatecas pertenece al PAN, fue alcalde de Tlaltenango y diputado federal. En 2024 encabezó la candidatura común del PAN, PRI y PRD para gobernar la capital del estado. Ganó una elección que estuvo lejos de ser sencilla y cuya validez tuvo que defenderse ante los tribunales.
El episodio contiene varias lecciones. Varela logró vencer en la capital de un estado gobernado por Morena. Contaba con trayectoria municipal, experiencia legislativa, estructura política y conocimiento territorial. Además, su triunfo no solamente tuvo que obtenerse en las urnas, sino defenderse jurídicamente hasta la última instancia.
Ahí se encuentra un ejemplo de lo que la oposición debería estudiar. Si las mediciones confirman su competitividad, los partidos deberían valorar seriamente la posibilidad de construir alrededor de su figura una candidatura amplia. No por imposición de las dirigencias ni como resultado de una negociación de cuotas, sino porque el territorio habría identificado previamente al perfil con mejores condiciones.
La lógica tendría que repetirse en cada entidad. En Nuevo León, por ejemplo, una eventual alianza alrededor de Adrián de la Garza solamente tendría sentido si logra reunir algo más que al PRI y al PAN. El actual alcalde de Monterrey posee experiencia, estructura y reconocimiento, pero también enfrenta una realidad política en la que Movimiento Ciudadano gobierna el estado y Morena busca ampliar su presencia. Ahí la unidad opositora necesitaría sumar sectores ciudadanos, liderazgos empresariales, organizaciones sociales y votantes que no se identifican con los partidos tradicionales.
Baja California plantea otro desafío. Morena conserva ventaja como partido, aunque las fracturas internas, los cuestionamientos alrededor del gobierno estatal y la difusión de audios atribuidos a la gobernadora Marina del Pilar Ávila han generado un escenario de incertidumbre.
La oposición cometería un grave error si creyera que esos escándalos bastarán para arrebatarle el gobierno a Morena. La indignación puede erosionar una administración, pero no sustituye la existencia de una candidatura competitiva. Para ganar Baja California será necesario encontrar un liderazgo con presencia en Tijuana, Mexicali, Ensenada, Tecate, Playas de Rosarito, San Quintín y San Felipe. Cada municipio representa intereses económicos, fronterizos, migratorios y sociales distintos.
Cada estado es una realidad propia. En algunos lugares una coalición amplia podría ser indispensable. En otros, la alianza con un partido desprestigiado podría restar más votos de los que aporta. Habrá municipios donde el PAN conserve la estructura más sólida, otros donde el PRI mantenga operadores territoriales y algunos donde Movimiento Ciudadano resulte más competitivo.
También existirán regiones en las que ninguno de ellos tenga suficiente legitimidad y sea necesario abrir paso a una candidatura ciudadana. Tal es el caso específico en Michoacán, con el movimiento del sombrero de Carlos Manzo Rodríguez, ahora encabezado por su viuda, la alcaldesa de Uruapan, Grecia Quiroz García.
La política territorial exige humildad. Obliga a los partidos a reconocer que no siempre poseen al mejor perfil y que una candidatura no puede entregarse como premio a la lealtad partidista, compensación para una corriente interna o concesión dentro de una negociación nacional.
La coalición correcta no es aquella en la que todos reciben una parte del reparto. Es aquella en la que cada partido aporta lo que realmente tiene y acepta aquello de lo que carece.
Morena dispone de una estructura construida durante años, programas sociales con presencia nacional, gobiernos estatales y municipales, legisladores, operadores y una narrativa que todavía conserva fuerza entre amplios sectores. También cuenta con el poder político, presupuestal y comunicativo que acompaña al ejercicio del gobierno. Su maquinaria no comienza a trabajar cuando se inaugura formalmente el proceso electoral. Permanece activa todo el tiempo.
Por eso la oposición no puede aparecer tres meses antes de la elección con una fotografía de sus dirigentes, una plataforma redactada apresuradamente y un candidato presentado como producto de la unidad. La ciudadanía ya conoce esa fórmula. Y ya la rechazó.
Si el PAN, el PRI, Movimiento Ciudadano y las fuerzas regionales desean competir seriamente en 2027, tendrán que abandonar la comodidad de las negociaciones nacionales y caminar el país. Deberán revisar municipio por municipio, distrito por distrito y sección por sección. Tendrán que medir liderazgos, formar representantes, organizar estructuras, transparentar recursos y preparar la defensa jurídica del voto.
La pregunta, entonces, no es solamente si habrá una gran alianza opositora. La pregunta verdadera es si esa alianza nacerá desde el territorio o volverá a confeccionarse en una mesa rodeada de dirigentes, instalados cómodamente en el restaurante Au Pied de Cochon, en Polanco.
En 2027 sabremos si la oposición aprendió la lección. O si, una vez más, confundió la unidad con una fotografía.
“El cambio proviene del poder, y el poder proviene de la organización. Para actuar, la gente tiene que reunirse.”
Saul D. Alinsky, Rules for Radicals (1971)







































