#Opinión II Coahuila y la política que se hace con los pies en la calle
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
Las elecciones celebradas este domingo en Coahuila dejan una enseñanza que trasciende por mucho los límites de una entidad federativa. Sus resultados representan una clase de estrategia política para un país donde los dirigentes han olvidado que las elecciones no se ganan en las conferencias de prensa, en las redes sociales o en las cómodas sobremesas de los restaurantes de Polanco, sino caminando colonias, construyendo estructuras y conquistando la confianza ciudadana.
Los números hablan por sí solos. La Alianza Ciudadana por la Seguridad obtuvo una victoria contundente en los dieciséis distritos de mayoría relativa que integran el Congreso local. Un carro completo que le permitirá construir una mayoría sólida en la próxima legislatura que iniciará funciones el primero de enero de 2027.
No hay carro completo sin una construcción política previa. Lo ocurrido en Coahuila es la consecuencia de años de trabajo territorial, de disciplina organizativa y de un liderazgo que comprendió que la confianza ciudadana se gana todos los días y no únicamente en campaña.
Manolo Jiménez Salinas entiende que gobernar también es hacer política. Mientras otros actores nacionales viven atrapados en la confrontación permanente o en las disputas internas de sus partidos, el gobernador de Coahuila decidió permanecer cerca de la gente, recorrer el territorio y convertir la administración pública en una herramienta para generar resultados visibles.
La seguridad, el desarrollo económico y diversos indicadores de calidad de vida han colocado a Coahuila entre las entidades con mejor desempeño del país. Ese trabajo cotidiano terminó convirtiéndose en el principal activo electoral de su partido y de sus aliados. Lo anterior, sin dejar a un lado la extraordinaria relación institucional con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y el gabinete federal.
Las campañas duran semanas. Los gobiernos se evalúan permanentemente. Quien pretenda explicar este resultado únicamente por las siglas partidistas estaría cometiendo un error de diagnóstico. La verdadera fortaleza estuvo en la organización territorial, en la disciplina política y en la capacidad para cuidar cada casilla y cada voto. La vieja escuela de la operación electoral sigue vigente, aunque algunos estrategas digitales se resistan a aceptarlo.
En colaboraciones anteriores sosteníamos que la oposición mexicana necesita regresar a las bases si realmente aspira a construir una alternativa competitiva rumbo al 2030. Recuperar municipios, ganar distritos locales y federales, fortalecer gobiernos estatales y formar liderazgos regionales son tareas mucho más importantes que organizar conferencias o repartir culpas después de cada derrota.
Coahuila demuestra que sí es posible construir una narrativa distinta cuando existe orden, estrategia y un liderazgo capaz de cohesionar a su estructura política.
Naturalmente, no faltarán quienes desde las oficinas nacionales pretendan adjudicarse un mérito que nunca construyeron. Resulta predecible que Alito Moreno y la dirigencia nacional del PRI, junto con sus serviles en los estados, celebren el resultado como una consecuencia de su conducción política, cuando la realidad indica exactamente lo contrario. Nada aportaron a una victoria edificada desde el priismo coahuilense, desde sus liderazgos locales y desde un gobierno que decidió no abandonar el territorio.
Quizá la mejor lección que podrían extraer sería dejar de administrar derrotas en otras entidades y comenzar a replicar el modelo que hoy entrega uno de los pocos triunfos contundentes que conserva el partido.
Para Morena, el mensaje tampoco es menor. Una derrota de esta magnitud obliga a revisar estrategias, candidaturas y narrativas. Ningún movimiento político es invencible cuando comienza a desgastarse frente a la opinión pública, especialmente si las acusaciones sobre presuntos vínculos con grupos criminales continúan ocupando la conversación nacional. La confianza ciudadana puede erosionarse lentamente, pero cuando lo hace, las consecuencias electorales suelen aparecer con rapidez.
El llamado alcanza también al Partido Acción Nacional y a Movimiento Ciudadano. Sus dirigencias nacionales harían bien en comprender que las alianzas no se diseñan desde la lógica centralista ni desde los cálculos de escritorio. Cada estado tiene su propia realidad política, sus propias dinámicas sociales y sus propios liderazgos. La política mexicana necesita menos estrategas de cafetería y más operadores de territorio.
Coahuila no define el futuro electoral del país, pero sí ofrece una fotografía que merece ser observada con atención. Mientras algunos siguen creyendo que las campañas se ganan con discursos enfáticos o tendencias digitales, otros continúan demostrando que la política sigue siendo el arte de escuchar, caminar, organizar y convencer.
Los votos no se heredan, no se decretan y tampoco se inventan. Se construyen calle por calle, casa por casa y ciudadano por ciudadano. Quien aspire a gobernar el país rumbo al 2030 haría bien en entenderlo antes de que las urnas vuelvan a recordárselo.
«Toda política es local.»
– Tip O’Neill –








































