“Antítesis”.
La herida y el espectáculo
Por Mario Flores Pedraza
El jueves, mientras Shakira cantaba en el Estadio Azteca y el mundo entero volteaba a ver a México, afuera sonaban otros tambores. No eran de fiesta. Más de mil madres buscadoras marcharon con veladoras y fotografías de sus hijos hacia el estadio. En un país con cerca de 130 mil desaparecidos, eligieron el único momento en que el planeta nos mira para gritar lo que el resto del año se ignora.
No fueron las únicas. La CNTE amenazó con bloquear el camino al estadio; los transportistas de la ANTAC denunciaron la inseguridad en las carreteras; campesinos y jubilados se sumaron. Cada grupo entendió la misma lógica brutal: en México, para que tu dolor cuente, primero tiene que ser visto. Y nada se ve tanto como un Mundial.
El gobierno reaccionó con una mezcla calculada. Por un lado, el discurso correcto: la presidenta Sheinbaum insistió en que no habría represión y que su gobierno está abierto al diálogo. Por otro, diez mil elementos blindando el estadio y los corredores hoteleros, y a la CNTE impedida de acercarse. Y un argumento revelador: Sheinbaum advirtió (sin pruebas)que ciertos grupos buscan “provocar” represión para que la nota internacional fuera “el gobierno reprime a maestros”. Al final, el gobierno capitalino declaró: “misión cumplida”.
Misión cumplida. La frase lo dice todo. ¿Cuál era la misión? Que el mundo viera una fiesta, no una herida.
Aquí conviene pensar más despacio.
Guy Debord escribió en 1967 que vivimos en la sociedad del espectáculo: un mundo donde la imagen de la realidad sustituye a la realidad misma. El Mundial es el espectáculo perfecto y por eso mismo, el escenario perfecto para quien no tiene otro. Hannah Arendt lo habría visto con claridad: existir, en política, es aparecer ante los demás. Los desaparecidos son, por definición, los que fueron borrados de ese espacio de aparición. Sus madres marchan para devolverles, aunque sea por un instante, la visibilidad que el país les negó.
Y ahí está la contradicción que debería de incomodarnos. Roma lo entendió hace dos mil años: pan y circo. Dale al pueblo espectáculo y olvidará su hambre. Pero el circo de 2026 tiene un problema que el de Roma no tenía: las gradas también gritan. El mismo evento que el poder usa como vitrina, el ciudadano lo usa como tribuna.
No se trata de estar contra el Mundial. El futbol es alegría legítima, y un país puede celebrar y doler al mismo tiempo. El problema es más hondo: ¿qué dice de una nación que sus víctimas tengan que esperar a que llegue el mundo para ser escuchadas por su propio gobierno? ¿Qué clase de Estado necesita una cámara extranjera para voltear a ver a una madre que busca a su hijo?
El espectáculo termina el 19 de julio. Las cámaras se irán. Y la pregunta que quedará flotando sobre el Estadio Azteca vacío es la única que importa: cuando el mundo deje de mirar, ¿seguiremos nosotros mirando hacia otro lado?







































