“Antítesis”.
El presupuesto de los que no votan
Por Mario Flores Pedraza
El presupuesto es el único documento del año en el que un gobierno deja de hablar y decide. Todo lo demás es discurso; esto es aritmética con firma. Por eso vale la pena leerlo, aunque sea aburrido, y por eso conviene decir lo primero que salta: la mayor parte del paquete económico de 2027 ya estaba decidida antes de que alguien se sentara a escribirlo.
Los números gruesos, para ubicarnos. Hacienda propone un gasto neto total de 10.5 billones de pesos e ingresos por 9.15 billones. Supone un crecimiento de entre 1.5 y 2.5 por ciento, inflación de 3, petróleo a 61 dólares por barril. No crea impuestos nuevos, aunque actualiza el IEPS de gasolinas y diésel y aprieta la fiscalización. La recaudación tributaria llegaría a 15.9 por ciento del producto, máximo histórico. Salud, educación y seguridad reciben aumentos. Hasta ahí, un paquete que varios analistas han llamado realista, y que lo es.
El costo financiero de la deuda para 2027 es de 1 billón 575 mil millones de pesos. Un aumento real de 11.8 por ciento respecto de este año, y alrededor del 18 por ciento de todo lo que el gobierno va a gastar. Para dimensionarlo: es más de lo que el Estado mexicano destina a todo el sector salud, y más que la suma completa de los programas del Bienestar. El año entrante, México va a pagar más en intereses que en curar a su gente.
Ese peso no compra nada. No construye un hospital, no paga a un maestro, no contrata a un policía. Es la renta que se cobra por decisiones que ya se tomaron.
Y no está solo. Si uno suma el costo financiero con las participaciones a estados y municipios, las aportaciones y las pensiones contributivas, el resultado rebasa los 6 billones de pesos. De cada diez pesos del presupuesto, más de seis están comprometidos antes de que arranque la primera discusión en San Lázaro. Los diputados van a debatir durante semanas sobre el sobrante. El grueso ya lo firmaron otros, algunos de los cuales ya ni siquiera están vivos.
Edmund Burke escribió que una sociedad es un contrato, pero no de los que se firman por conveniencia y se rompen cuando estorban. Es, decía, una asociación entre los que viven, los que ya murieron y los que están por nacer. Lo escribió para defender la tradición frente a los revolucionarios franceses, y hoy sirve para leer una hoja de cálculo. Porque la deuda pública es la única cláusula de ese contrato que firmamos siempre en la misma dirección: los muertos y los vivos obligan a los que vienen, y los que vienen no opinan.
Aclaro lo que no estoy diciendo, porque en este tema es fácil caer en el lugar común de que endeudarse es malo. No lo es. Burke tampoco pensaba que atar a las generaciones futuras fuera un abuso; pensaba que eso es precisamente lo que una sociedad es. Pedir prestado para construir una presa, un tren o una red eléctrica que van a durar cuarenta años es razonable y hasta justo: el que va a usar la obra ayuda a pagarla. El problema aparece cuando la deuda no dejó nada detrás, y lo único que heredamos es el recibo.
Conviene entonces preguntar qué compramos. Y ahí la respuesta le cuesta a cualquiera de los dos bandos, porque la deuda mexicana no se disparó en un solo sexenio ni bajo un solo partido. Coparmex calcula que el saldo total llegará a 55 por ciento del producto, el nivel más alto desde 1990. Eso son treinta y seis años de gobiernos de tres colores distintos, cada uno con su emergencia, cada uno con su rescate, cada uno explicando que esta vez sí era necesario. Ninguno mintió del todo. Y la suma de treinta y seis años de razones atendibles es el billón y medio que vamos a pagar el año que viene.
Hay una decisión de fondo que llevamos décadas sin tomar, y el paquete de 2027 vuelve a esquivarla con elegancia. México recauda poco. Los ingresos públicos rondan el 23 por ciento del producto, muy por debajo de casi cualquier país comparable, y la caída de los ingresos petroleros apenas alcanza a compensarse con lo que se cobra de impuestos. Con esa restricción, el margen se cierra solo: o se recorta la inversión, o se pide prestado. Este paquete escoge estirar el ajuste en vez de abandonarlo, lo cual es prudente y también es patear el bote.
Escribí un libro entero, Gobernados por Nadie, preguntando quién nos gobierna realmente. El presupuesto es la respuesta más clara que he encontrado, y no aparece ningún nombre en ella. No gobierna la presidenta, que recibe más de la mitad del gasto ya comprometido. No gobiernan los diputados, que discuten el resto. Gobiernan los compromisos acumulados, la tasa de interés y unos acreedores que no salen en la boleta ni en la mañanera.
El año que viene vamos a pagar un billón y medio de pesos por decisiones que en su mayoría no tomamos, y vamos a aprobar sin mucho ruido los intereses que le va a tocar pagar a alguien que hoy tiene diez años y anda en cuarto de primaria.
Es el único al que nadie le preguntó, porque todavía no sabe contestar. Dentro de quince años va a saber, y para entonces la factura ya va a llevar su nombre.







































