#Opinión 📝II El saber gobernar en tiempos de crisis
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
El momento que atraviesa México no admite ingenuidades ni silencios cómodos. Lo que hoy vemos no es un episodio aislado ni una coyuntura pasajera; es el resultado de una presión que viene gestándose desde hace tiempo y que hoy pone a prueba la solidez institucional del Estado mexicano y la capacidad política de quienes lo conducen.
Durante años, las advertencias estuvieron ahí. Se minimizaron señalamientos, se descalificaron investigaciones y, en más de una ocasión, se apostó a que el ruido mediático terminaría por diluirse. No ocurrió. Por el contrario, la realidad se impuso con una contundencia que ya no deja espacio para matices. El gobierno de los Estados Unidos ha decidido escalar el conflicto: de la insinuación a la acusación formal; de la sospecha, a la acción.
Sinaloa se ha convertido en el epicentro de una crisis que dejó de ser local desde hace rato. La solicitud de licencia del gobernador Rubén Rocha Moya, así como la del presidente municipal de Culiacán, Juan de Dios Gámez Mendívil, no puede leerse como un trámite más; son señales claras de una presión externa que encontró puntos vulnerables al interior. A esto se suman los señalamientos que alcanzan a un senador de la República y a ex – funcionarios de alto nivel, lo que dibuja un escenario que rebasa a las personas y toca directamente a las estructuras de poder.
Vale la pena detenerse un momento: cuando la justicia de otro país comienza a incidir en la dinámica política nacional, el problema deja de ser únicamente jurídico. En ese punto ya hablamos de soberanía, de credibilidad y, sobre todo, de gobernabilidad.
Nada de esto parece improvisado. Hay una lógica, una secuencia, una estrategia. Pensar que hemos visto lo más alto de esta presión sería ingenuo. Todo indica que esto apenas comienza y que la lista de nombres podría crecer en los próximos meses, acompañada de una narrativa que, bajo el discurso del combate a la corrupción y al crimen organizado, también responde a intereses políticos.
El golpe, en ese sentido, ya está dado. Y aunque a algunos les incomode reconocerlo, tampoco es una sorpresa. Había indicios suficientes, antecedentes claros y señales que, en su momento, se prefirieron ignorar. En este mismo espacio lo hemos señalado antes, y no faltaron las críticas. Hoy el contexto habla por sí solo.
Frente a este escenario, la responsabilidad recae en la conducción del Estado. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo enfrenta una prueba compleja, quizá la más delicada en lo que va de su administración en términos políticos y diplomáticos. No se trata solo de contener el impacto inmediato, sino de reconstruir confianza: hacia adentro y hacia afuera.
La historia política nos muestra que las crisis también abren ventanas de oportunidad. Pero no se abren solas. Se requiere lectura del momento, capacidad de decisión y, sobre todo, sentido de Estado. Un gabinete de crisis no es un lujo; es una necesidad. Y en él deben estar los perfiles con experiencia, no los de conveniencia.
México no necesita simulaciones. Necesita decisiones. La disyuntiva es clara: asumir este momento como un punto de inflexión para corregir, depurar y fortalecer, o insistir en proteger inercias que, tarde o temprano, terminan debilitando al país.
En política, como en la vida pública, los momentos difíciles terminan por revelar a los liderazgos. Hoy el país observa. Y el tiempo, ese que no suele equivocarse, pondrá cada cosa en su lugar.
«En una crisis, sé consciente del peligro, pero reconoce la oportunidad.»
– John F. Kennedy –







































