#Opinión ✒️II El viraje silencioso del poder
Por Enrique Diez Piñeyro Vargas
Existe una tentación permanente en la política mexicana: leer cada movimiento como ruptura definitiva o como continuidad absoluta. La realidad, como casi siempre, se mueve en una zona mucho más compleja. Lo que estamos viendo no es, al menos por ahora, un deslinde frontal con el inquilino incómodo de Palenque, pero sí comienza a perfilarse algo igual de relevante: el cambio de timón.
En anteriores colaboraciones mencionábamos la urgente necesidad de que la presidenta de México rompiera con el lastre heredado. Sabemos que no es un tema menor. Gobernar bajo la sombra de un liderazgo que no se ha ido del todo implica, necesariamente, construir autonomía sin provocar fracturas visibles. Y en ese delicado equilibrio, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo parece haber decidido algo: la agenda política rumbo a 2027 no se va a improvisar… se va a conducir.
El primer indicio está en la reconfiguración del gabinete. La llegada de Roberto Velasco Álvarez a la Cancillería no es un simple relevo administrativo. Es un movimiento quirúrgico. Velasco no solo conoce la diplomacia mexicana, también tiene canales de comunicación efectivos con los operadores de la política exterior en los Estados Unidos. En un contexto donde la relación bilateral atraviesa tensiones por migración, seguridad y comercio, este nombramiento sugiere una cancillería menos ideologizada y más pragmática. Traducido al lenguaje político: menos discurso, más operación.
El segundo movimiento es todavía más revelador. La Agencia Nacional de Aduanas, históricamente convertida en un laberinto de intereses, corrupción y poder fáctico, recibe a un perfil alineado directamente con Palacio Nacional. Más allá del nombre de Héctor Alonso Romero Gutiérrez, lo importante es el mensaje: recuperar el control de uno de los principales puntos de fuga del Estado mexicano.
No se trata solo de recaudar más, sino de cerrar las llaves de la corrupción que durante años han financiado estructuras paralelas de poder. Si este ajuste prospera, estaremos ante una de las decisiones más delicadas y, al mismo tiempo, más necesarias para el nuevo gobierno.
En el terreno político-partidista, el reacomodo es aún más evidente. La salida de Citlalli Hernández Mora de la Secretaría de la Mujer para asumir la coordinación de procesos internos de MORENA no es un simple cambio de oficina. Es una señal de control. Es, también, un mensaje directo a dos figuras que hasta hace poco parecían intocables: Luisa María Alcalde y Andy López Beltrán.
Lo que ocurre al interior de MORENA ya no es una diferencia de matices; es una fractura en proceso. La distancia entre la dirigencia partidista y Palacio Nacional se ha vuelto inocultable. Y en política, cuando el poder formal y el poder real dejan de coincidir, alguien termina por ceder. Todo apunta a que la presidenta ha optado por no confrontar abiertamente, pero sí por replegar, aislar y eventualmente sustituir a quienes no han sabido leer su proyecto.
Finalmente, el giro en materia energética rompe uno de los tabúes más emblemáticos del obradorismo. La apertura al fracking y la construcción de alianzas estratégicas con actores como Grupo Carso y la gestora global de fondos BlackRock no es un ajuste técnico: es una redefinición de principios. Durante años, la narrativa fue clara: soberanía energética sin concesiones. Hoy, la realidad impone otra lógica: inversión, tecnología y resultados.
Este viraje no solo abre la puerta al capital privado, también envía una señal a los mercados internacionales: México está dispuesto a corregir. Y eso, en términos económicos y políticos, tiene un peso específico.
Lo que estamos presenciando no es una ruptura estridente, sino algo más sofisticado: una transición silenciosa de poder, dentro del propio poder. La presidenta no está rompiendo con el pasado; está reescribiendo su margen de maniobra.
Debemos de tener en cuenta que en política, cuando alguien comienza a mover las piezas sin pedir permiso, el mensaje es claro: el tablero ya cambió, y hay quienes aún no se han dado cuenta de que dejaron de ser jugadores para convertirse en piezas. Y en política, las piezas no deciden: se mueven… o las mueven.
“El poder es como el ajedrez: se gana pensando varios movimientos adelante.”
– Zbigniew Brzezinski –







































