“Antítesis”.
¿Hasta dónde podemos ser soberanos?
Por Mario Flores Pedraza
Hablamos de soberanía como si fuera un derecho. Y técnicamente lo es. Pero técnicamente también soy yo quien decide si me cobran o no más impuestos: lo dice la Constitución. La realidad es otra.
La soberanía nacional es el concepto más usado y menos cuestionado del discurso político mexicano. Lo invocan los presidentes en sus mañaneras, los diputados en sus comisiones, los empresarios en sus comunicados. Todos hablan de defenderla. Pocos se atreven a preguntar qué es lo que están defendiendo. Aristóteles tenía una intuición algo incómoda: “la justicia entre desiguales no es justicia. Es administración.” Cuando dos partes negocian con un poder radicalmente distinto, lo que parece acuerdo es en realidad consentimiento bajo coerción. Y eso, en lo internacional, es exactamente nuestra historia.
México exporta el 80% de lo que produce a Estados Unidos. Nuestra moneda se mueve cuando un gobernador de la Reserva Federal estornuda. La política migratoria que aplicamos en nuestro sur la diseñaron en Washington. Llamarle soberanía a esa relación es como llamarle libertad a la dependencia bien decorada. No es culpa de Sheinbaum. Tampoco fue de López Obrador, ni de Peña, ni de Calderón. Es estructural. Cuando una potencia económica concentra el 25% del PIB mundial al lado de un vecino que depende casi totalmente de ella para vender lo que fabrica, la palabra «soberanía» deja de describir una capacidad y pasa a describir una etiqueta. Sigue ahí, cuelga del lenguaje, pero no se ejerce. Se declara.
¿Y cuando se declara muy fuerte? Llega el caso cubano. Sesenta y tantos años de bloqueo unilateral por parte del país más poderoso del planeta. Cuba es soberana en los papeles de la ONU, en las mesas de la CELAC, en cada discurso de Díaz-Canel. Pero Cuba tampoco puede importar el medicamento que necesita un niño con cáncer si el laboratorio que lo produce tiene capital estadounidense. Esa es la otra cara de la asimetría: cuando el grande no quiere comerciar contigo, tu soberanía se vuelve simbólica. Sirve para que tus ciudadanos canten el himno con orgullo, no para alimentarlos.
Lo digo sin caer en el antiimperialismo barato: este texto no es una defensa del régimen cubano ni un ataque a Estados Unidos. Es una observación sobre cómo funciona el mundo realmente. Los países pequeños tienen el derecho de ser soberanos. No siempre tienen la capacidad. Y confundir las dos cosas es lo que nos ha mantenido tres generaciones repitiendo la misma frase sin que cambie nada.
Entonces, ¿qué hacemos? Empezar por dejar de mentirnos. La soberanía real del siglo XXI no se mide por discursos en Palacio Nacional, ni por banderas en cada acto cívico. Se mide en tres preguntas concretas: ¿podemos producir lo que consumimos?, ¿podemos defender nuestras fronteras sin pedir permiso?, y ¿podemos hablar con voz propia en los foros donde se toman las decisiones que nos afectan?
Si las respuestas son no, no, y a veces, entonces no somos soberanos. Somos administrados con etiqueta de soberanos. Y reconocerlo, lejos de ser derrotismo, es el primer paso para construir algo distinto. Porque solo desde ahí, desde la honestidad sobre el lugar real que ocupamos en el mundo, se puede empezar a edificar la única soberanía que cuenta: la que se ejerce, no la que se declara.







































